
La que se columpiaba me vio acercar y gritó avisando a su amiga, que se pegó una carrera hacia el columpio vacÃo. Resignada me agarré al poste e hice de espectadora.
Martina, dale a la chinita una oportunidad dijo una voz adulta desde un banco detrás mÃo. Martina hizo una mueca y siguió columpiándose.
Busqué el origen de la voz pero ya no nos miraba nadie. Se habÃa reanudado la cháchara de señoras. Pensé en mi madre, que nunca parloteaba con otras madres en los parques, parques que ni pisaba.
Quedó libre un balancÃn. Me sentarÃa en medio y me concentrarÃa en buscar el equilibrio. De nuevo se me adelantaron, esta vez con un sonoro “Africanos fueraâ€?.
Martina y su amiga subÃan y bajaban, las playeras de la primera enviándome a la cara una nube de polvo. Miré mis rojos zapatos de charol hecho ahora mate.
¡A comer, Martina! ¡Y deja a la pobre japonesita en paz!
Todos los niños se precipitaron hacia los bancos y hubo un despliegue general de panes, quesos y fiambres. Me gruñó el estómago. Pensé en mi madre, que nunca llevaba comida encima.
Sin terminar de masticar, los niños no tardaron en reclamar los columpios y balancines. Me dirigà a la estructura de barras que en inglés llamaba jungle gym o monkey bar. Llevaba falda pero no habÃa nadie cerca.
Colocándome sobre una barra alta y céntrica, rompà la bolsa de papel que Irene me habÃa puesto en la mano tras abotonarme la rebeca blanca. Saqué un plátano Chiquita y lo pelé a medias.
Mascaba un primer gran trozo de banana insÃpida cuando se me reapareció la sonrisita de Martina dos cuadrados delante.
_Affe_ me siseó. Estaba haciéndome una visita en la jungla de monos. Me sacó la lengua. Hice una arcada.
Cegada por una espesa lente lÃquida, no vi cómo mi madre volvÃa a su nuevo Escarabajo rojo y reluciente aparcado frente al parque.
 ¡Gina! ¡He terminado! !Podemos irnos!
A través de la cortina lacrimosa pude vislumbrar el giro de una cabecita y una carita que se quedó boquiabierta. Y allÃ, más lejos, discernà un par de pantorrillas perfectas y tobillos finÃsimos sobre un par de delicados zapatos de talón abierto. Distinguà una cintura menuda, una negra melena que formaba desenfadadas ondas sobre los hombros. Ella sà que era muy mona.
Solté la fruta y bajé lo mejor que podÃa. Alcanzando el Volkswagen, de un rojo brillante como habÃan sido mis zapatos, olà el Blue Grass.
¿Lloras? ¿No ves cómo no he tardado? ¿Pero no te dije que no te metieras en el cajón de arena? ¡Si vamos a merendar con las visitas de Daddy en el Hotel Vierjahreszeiten!
Sonaba a terreno seguro y Selva Negra cubierta de nata montada.
Me metà en el coche, consciente de ser observada. Su obsesión la hacÃa mÃa. Miré. Colgaba de la barra de un brazo, oscilando.
Camino al Jungfernstieg, bajé el espejito del parasol. Empujé la punta de mi lengua por el hueco elástico que queda entre mi encÃa y mi labio superiores, y cogà postura y demás ademanes simiescos, arrascándome el ombligo. U-u-u.
Fue un segundo. Ahora me esperaba una tarta.
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Publicado en http://www.weeklyletter.com con fecha 2006-10-05 12:00:00 +0200
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¡Buen artÃculo, Gina!
QuerÃa comentar un par de cositas sobre esto del “bullying” que ahora está tan de moda.
Yo recuerdo mi época de colegio como una época feliz. Claro, habÃa peleas, habÃa chicos que te pegaban en el culo, habÃa chicas que te tiraban del pelo… ¿Era bullying? No lo sé, pero era parte del colegio.
Con esto no quiero decir que no haya un lÃmite. Hay casos en los que necesitamos que bien personal del centro, o bien agentes externos, tomen cartas en el asunto, ¡claro que sÃ!
Pero también creo que debemos dejar que nuestros pequeños crezcan y desarrollen sus propios mecanismos de defensa. Sobreprotegerlos me parece una actitud tan grave como la desprotección.
Es verdad. Todo forma parte de la niñez. Este incidente puntual apenas se puede llamar “bullying”. Yo no le dije nada a mi madre. Si me hubieran protegido, me habrÃa hecho ñoña para toda la vida. Si yo tuviera ahora dos hijos de la misma edad y si uno fuera “bully” y el otro “bullied”, me preocuparÃa más por el “bully”, centrarÃa mis esfuerzos en hacerle ver que a él también se le podrÃa maltratar…
Buena, dura y perecedera experiencia Gina. Cuando tenemos menos de 10 años PEDIMOS DE MARAVILLA (hasta que lo conseguimos), EXIGIMOS todo (hasta que nos convertimos en pesados) y DECIMOS LAS COSAS COMO SEAN sin pensar (hasta que nos hacen lo mismo a nosotros). Es la crueldad de los niños. Hay una mezcla crueldad sin llegar a “Bullying”.
Otra cosa es cuando los comentarios vienen más de personas adultas, ..., lo de japonesita, chinita, negrita, ..., es casi tan estúpido como lo de gordito, mocoso, el delgado, el de las orejas de soplillo, de un adulto simplemente una estupidez. Como serÃan ellas (las madres que se referian a ti de esa forma.