
Suspiré de alivio. La semana anterior, a bordo de otro barco, el mar estaba bravo. Vomité dos veces y, aunque conseguí ver a las criaturas, no disfruté nada de la experiencia.
Pero hoy iba a ser distinto. Un miembro de la tripulación nos aseguró que iba a ser un día hermoso, el mar tan plano como un plato. El Quick Cat II salió del puerto, y pronto estábamos en medio del mar.
La verdad es que el mar estaba muy tranquilo. Como apenas había salido el sol, el agua tenía un bello tono cálido. Era como flotar sobre una nube.
La tripulación nos dio las instrucciones de seguridad obligatorias, nos dijo dónde estaban los aseos, y nos invitó a bebidas calientes y a pasteles (los cuales no tuve que vomitar). Y entonces, de repente, notamos cómo el barco empezó a deslizarse más despacio.
Miré al horizonte y ahí estaban las criaturas. Era una manada pequeña de solamente tres ballenas, pero era más que suficiente.
Estaban a unos treinta metros a estribor. La tripulación nos dijo que les saludáramos con grandes movimientos de brazos y con voces alegres y ruidosas. Así que todos los pasajeros —seríamos unos veinte— empezamos a mover nuestros brazos y a gritar como locos.
Las ballenas jorobadas reaccionaron a nuestros estímulos. Se aproximaron al barco. El agua era tan transparente que pudimos verlo todo: lo largas que eran (unos quince metros), sus espaldas de un azul negruzco, sus tripas blancas y brillantes, los percebes que crecían sobre sus cuerpos al igual que sobre el cuerpo del padre de William Turner en Piratas del Caribe.
Jugaron con nosotros, nadando debajo del barco, de estribor a babor y de babor a estribor. Nos dieron una muestra de natación sincronizada, tan gráciles como Esther Williams. Descendieron al fondo del mar para luego emerger verticalmente, exponiendo al menos dos metros de sus cabezas fuera del agua. Resoplaron a través de su orificio y crearon halos submarinos.
Vimos dos manadas más de cerca, y muchas más manadas de lejos. Pero entonces llegó la hora de regresar a la marina. Nos despedimos de las ballenas y les deseamos un retorno seguro hacia la Antártida. Ninguno de nosotros pudimos entender por qué los japoneses siguen cazándolas con tanta insistencia. Unas bestias salvajes enormes, pero tan pacíficas y serenas.
Podéis echar un vistazo a mi experiencia observando cetáceos en Hervey Bay, Australia, en este vídeo:
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Publicado en http://www.weeklyletter.com con fecha 2007-12-13 09:00:00 +0100
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¿Se debería cazar ballenas?
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Estoy en Australia con la autora del articulo pero aun no he visto ballenas.
Pero hemos visto un dugong y yo pense que era una palabra filipina.